RELATO. LA ALCALDESA. CAPITULO I
- La señora alcaldesa no puede atenderle en estos momentos – dijo la secretaria con tono monótono y aburrido sin apenas levantar la mirada de la pantalla de su ordenador.
- Dígale que creo que le interesará ver esto – susurré mientras le pasaba cuidadosamente las fotos que Miguel Angel, el fotógrafo del diario local, se había dejado “olvidadas” sobre la mesa del club donde nos habíamos citado para tomarnos unos whiskys la semana anterior.
La secretaria observó las fotos con los ojos muy abiertos mientras de su boca salían unas palabras ininteligibles:
- Un mo….to….un momento …favor – mientras se levantaba presurosamente de la silla y entraba sin llamar en el despacho contiguo.
El vestíbulo del despacho de la alcaldesa era mas pequeño de lo que me imaginaba. Me había asombrado lo fácil que es presentarse allí de improviso sin que nadie preguntara quien era yo. Podría haber sido un terrorista y llevar una bomba en los cojones que nadie me habría dado el alto ni se hubiera dado cuenta. El despacho, está en la planta segunda del ayuntamiento. Sus ventanas dan a la parte posterior de la Plaza Mayor. Al lado de la ventana se encontraba el escritorio de la secretaria, con papeles ordenados muy pulcramente en estantes laterales. De la pared colgaba un diploma de hermanamiento con una ciudad rumana creo, cuyo nombre no me sonaba de absolutamente nada y que ahora ni siquiera puedo recordar.
Mientras esperaba acontecimientos y afinaba mi oído por si escuchaba algo de la conversación que en aquellos instantes transcurría en el despacho contiguo, me acerqué a la ventana y dirigí mi vista hacia la tienda de moda que hay en la calle peatonal que sale de la plaza. Recordé que las malas lenguas contaban , que el antecesor de la actual alcaldesa, don Ripio García-Alonso, exigió que su despacho diera precisamente a este lado de la plaza y no al otro, porque en éste tenía muy buenas vistas, las de las jovencitas que pasan a decenas durante todo el día a esa tienda de moda, normalmente chicas jóvenes y de muy buen ver. Cuentan también que el alcalde conservaba unos prismáticos que le regaló un general norteamericano que, en una visita de cortesía a la ciudad, se los había obsequiado a modo personal. Y dicen también, que son de tan alta tecnología que eran incluso capaces de visualizar a través de un tabique poco tupido, mediante no sé que rayos gamma, los vestidores femeninos que se encontraban en la tercera planta del local. Lo que ya muy pocos contaban, o se atrevían a contar y que yo si sabía era que, en el primer cajón del escritorio del alcalde siempre había junto a facturas y papeles, un rollo de papel higiénico. Bastante gastado, por cierto.
- Adelante señor Gutiérrez- dijo la secretaria dirigiéndose a mí mientras me franqueaba la puerta abierta del despacho de la señora alcaldesa….

