RELATO. ¿CASUALIDADES?
“¿Qué puedes hacer si la persona que te hace llorar tanto es la única capaz de consolarte? “
“Cuando no se quiere demasiado, no se quiere lo suficiente.”
“Lo malo de una mujer con el corazón roto es que empieza a repartir los pedazos.”
Amanece y todo me sabe a whisky y me huele a porros. Desde la cama de mi estudio oigo el ruido de los coches y las motos al pasar, el ambiente asqueroso de los lunes, unida a la lluvia pegajosa del mes de diciembre. Me he quedado dormido y no me he levantado para ir al trabajo. Hace ya tiempo que me aburro enormemente. Hace ya tiempo que este día a día monótono no me motiva. Ya sé que con esta actitud al final acabarán dándome un toque en el curro y quizá despedirme, pero casi es mejor así; soy capaz de vivir solo de vino y tabaco mientras que su recuerdo, aunque doloroso, venga a acurrucarse aquí conmigo de vez en cuando, a mi cama.
Algunas gotas caen sobre mi manta, no es que llore, es que suda nuestra pasión ya muerta. La lluvia romántica de los viejos tiempos, de mis primeros desengaños con ella, cuando todo tenía un halo de esperanza, y aún se podía volver, me acompaña en mi soledad deseada para convertirme en un héroe de novela. Me sentía el estúpido protagonista de alguna novela barata, la de algún héroe cansado, la de algún Bogart estúpido. Yo solo buscaba eso no llorar, sufrir, pero sufrir en silencio, sin molestar a nadie ¿para que?, ella ya no me amaba a mi.
Aquella lluvia romanticona de diciembre que antes me enternecía ya no me atrae lo mas mínimo, ahora lo único que hace es inyectar en mi cuerpo gripes y catarros. Y sin embargo, vuelven a pasar pensamientos románticos por mi cabeza, porque lo mejor de todo es saber que a pesar de toda esta mierda, aún no la he dejado de querer.
Dejo la ventana abierta a ver que pasa, aunque de sobra sé que los viejos tiempos ya solo habitan en mi cabeza.

Volvía de una tarde de tomar vinos con los colegas y comenzaba a chispear lento, suave, implacable. Caía sal y vinagre en mi herida porque ya, hasta la puta lluvia me recordaba a ella. Iba con un par de amigos, y los tres caminábamos con la mirada clavada en el suelo. De vez en cuando, alguno comentaba algún chiste malo que reía con la ansiedad de saber lo triste que es mi vida desde que ella no está. Cuando levanté la cabeza para ver lo que me quedaba de camino, me topé con su rostro suave y su sonrisa misteriosa. Mis amigos continuaron su camino con sonrisas cómplices y maliciosas y gestos obscenos a espaldas de ella.
- ¿De donde vienes?
- De discutir con mi novio
- ¿Y esa rosa?- me refería a una que llevaba ella en las manos
- Me la ha regalado el. Pero te la doy a ti, que te va a hacer mas falta.
- ¿Por qué?
- Porque si todavía sigues escribiendo esas historias tan tristes necesitas algo de alegría. Me imagino que los escritores necesitáis que os regalen una rosa de vez en cuando para que no os mate el dolor.
- Nunca me habían regalado una flor. Gracias Ariadna.
Besé su cara mojada.
- ¿Te invito a una copa?.
- Venga.

Ariadna fue mi novia mucho tiempo, princesa en mis versos, amada en la sombra y llorada en canciones que aún siguen rompiéndome. Ahora somos buenos amigos, lo suficiente como para que me entren unas ganas locas de meterle un puñetazo a su novio, es decir, no somos ni amigos ni nada por el estilo, aunque ella insista en verlo así. Yo sabía de los limites de mi amor hacia ella y la amaba en silencio, en el recuerdo de cuando estuvo a mi lado. El caso es que nos seguíamos queriendo, y tal vez nos seguíamos llevando bien por ser el uno el contrapunto del otro: del Madrid ella, del Barça yo, atractiva ella, atraído yo, limpia y ordenada ella, desordenado yo, sincera ella, mentiroso yo…, pero se establecía una compensación en lo que cada uno tenía, nos compenetrábamos, pero éramos distintos, y eso en el amor, claro, los polos opuestos se atraen, pero no se juntan. Por eso nuestro amor se acabó.

- ¿Sigues en la tienda verdad?
- Si, aunque estoy ya harta
- ¿Haces alguna cosa especial ahora?
- ¿Ahora?, claro, estoy haciendo un curso de periodismo, sabes que siempre me atrajo mucho eso. Sus ojos se irritaron, tal vez por el humo, o tal vez porque se acordaba de sus ilusiones perdidas, siempre le pasaba lo mismo.
Bebió un trago corto de su inacabable Ginebra. Yo ya iba por mi tercer whysky. Todo en ella era corto, breve, claro, sincero. Le daba una aureola de inocente y claro, eso era lo que había perdido, la inocencia de cuando yo la conocí, de cuando yo la amaba, de cuando a pesar de todo no acababa de explotar en la madurez de sentimientos. Y aún aumentaba la sensación con su traje de la tienda. Por un momento parecí retrocederme seis años, tuve tentaciones de lanzarme a su cuello y morderla hasta que estremeciera.
- Eso está muy bien -dije para apagar mi fuego interior con vasos de agua.
- Si, si consigo acabar trabajando en eso, en el mundo del periodismo, habré colmado mis aspiraciones.
- Nunca es tarde
- Uff, no lo sé. Tu por lo menos sigues fiel a tu cachondeo ¿eh?
- No me envidies por eso. No estoy a gusto con mi vida, la nostalgia y el alcohol me van comiendo el alma. Lo que es casualidad es que nos hayamos encontrado hoy ¿no?
- Las casualidades no existen…
Siempre he sido muy inestable y a ella le horroriza eso, seguramente que si hubiese mostrado mas decisión cuando estaba con ella, ella quizá no me hubiera acabado dejando. Pero nací así y si no, no hubiera sido yo. Ella era tan perfecta que me ponía de los nervios, a veces deseaba que sufriera algún desengaño. Y ahora, que parecía que le había llegado el momento, no me atrevía ni siquiera a bromear con un: ¿ves como te lo dije?. Pobrecilla, fui piadoso y olvidé las bromas de mal gusto. Intenté ofrecerle mi hombro para consolarla.
Cambié de tema, ya había perdido la cuenta de las copas, creo que yo me había bebido mil copas, por dos de ella. Recordamos los tiempos de cuando estuvimos juntos, las anécdotas, las risas necesarias para olvidar la pena que no se nos acababa de ahogar con el alcohol.
- ¿Te acuerdas de lo de la toalla de tu madre?
- Si claro, la puñetera toalla donde me limpiaba, sin saber para qué se utilizaba…
- ¿Y cuando en el cumpleaños de Lucia tuviste que simular que a tu hermana le pasaba algo para que entrara en tu casa y darle la sorpresa?
- Si, menos mal que empecé a dar gritos, si no, la Lucia no hubiera entrado nunca.
- ¿Y cuando te tuviste que esconder en la terraza porque venía mi madre?
- Si, y a Adrián mirando por los visillos de la puerta… y yo con gestos diciéndole que se fuera…
Salimos contentillos y cómplices, abrazados, tocando el cielo con nuestros besitos tontos que iban despejando el camino poco a poco de la pasión. Saltamos entre charcos. Nos reímos de todo y de todos. Le hicimos los cuernos a la lluvia y a sus estúpidos amigos y nos dirigimos a un hostal de un pueblo cercano. Hacía tiempo que no despegaba tanto los pies del suelo.
Ya en el hostal, siguieron los recuerdos y las risas, vimos la tele y algún programa basura que en ese momento me pareció el mejor de todos los que había visto hasta ese momento en toda mi vida , le enseñe una foto antigua que por casualidad llevaba en la cartera y ella apenas se reconocía.

En realidad, todo fue una excusa. Acabamos haciendo el amor con la furtividad que dá la confianza y la risa. No era la esencia de ella, del sudor o de su perfume, pero quedó en la habitación del hostal una subliminal fragancia con un sabor y olor especial. Respiré con gusto, alimenté mis pulmones, me llene bien de ese olor para recordarlo toda la vida. Después de seguir abrazados hablando, dormimos un ratillo.

La lluvia de ayer ha dejado paso a un día frío aunque soleado, es una mañana rara. Me acaba de dejar con un beso en la mejilla. No se si estoy contento o triste, me huelo y noto como ya va desapareciendo la fragancia de sudor de su cuerpo.
Tengo que escribir esta experiencia. Es un tanto frívola, normal, el mundo no se va a detener, pero para mi es el mayor encuentro de la historia, aunque en ella apenas cupieron gramos de pasión. Ahora escribo y pienso que cuando sus ojos se cerraron aquella noche el mundo siguió caminando.
Caminé esa mañana, compré el periódico, y desayuné en una cafetería. Todas mis preocupaciones desaparecieron, estaba obnubilado con lo que acababa de suceder, no era mentira, había ocurrido y la monotonía de la mañana coincidía con la indiferencia y la melancolía de ella. Esa noche no sirvió para olvidarla por fin como yo esperaba, ni aumento mi amor por ella. No sabría explicar lo que sentí esa noche. Amor claro, pero ¿qué mas?…
Enciendo un cigarro, reviso mi maleta buscando unos folios, con la idea de escribir esto en la cabeza y me encuentro una nota:
“Siempre nos quedará este puto Hostal”. ARIADNA.
Aún no hay comentarios.


